El Danzante

Fue a la edad de los siete, ocho años mas o menos, al compás de mi familia donde nacieron los primeros pasos, improvisados y sin ninguna experiencia, solo el instinto de querer bailar, aun ahora y después de cincuenta años bailando, perdura ese instinto de improvisación, lo hago todos los días cuando estoy a solas, por que persiste en mi la afición al baile y lo hago como bailaor, lo siento desde niño, ser bailaor es algo más que bailar en los escenarios frente al publico, ser bailaor es tener comunión con él siempre, a pesar de las circunstancias que nos envuelvan, no siento el baile solamente como un trabajo, si no como una necesidad. Cuando bailo solo para mi, la libertad se hace presente en el aire, en la luz, en los sentidos del alma, ahora que estoy sentado en el olvido de los escenarios, ahora junto al viento y los sonidos, es cuando mas necesito ser bailaor de nacimiento y bailar, bailar y bailar para mi.

 

Y baile por solea, lentos mis movimientos, pausados los brazos, gestos contenidos y la respiración profunda, esperando el sitio para dejar la corta impronta, imprimiendo la sobria energía y no perder la compostura.

 

Bailar el taranto con olores a historias mineras, donde el cante se lamenta largo, contenido y quejoso, por lo seco de su compás, la lírica se manifiesta como el sonido del agua siempre fluida y rítmica, voy por el camino pesado, levantando el polvo del suelo, sintiendo la humedad de la cueva de sombras, donde los candiles de carburo van regalando, mineros gigantes sobre las paredes de la mina, bailar el taranto es vivir su historia, dejando que el cuerpo regale sus mímicas y deje parte de si mismo.

 

Todos los días bailo con la misma intención, la misma intención de aquel niño de siete u ocho años que bailaba en el patio de su casa al compás de su familia, bailando enredado en el compás entre el juego y la necesidad, me siento afortunado por encontrar en mi vida el baile como necesidad de expresión y haberme convertido en un DANZANTE.                                                                

                                                              Candy Román